Domingo en la noche. Clase de locución. Escucho un montón de voces súper talentosas, creativas, reinventándose.

Lo recuerdo: La creatividad no surge de la comprensión racional del significado de las palabras, ni de la coherencia con la que se dicen.

No se trata de los ritmos, de las intenciones, de la toma del aire, de la colocación de la voz, ni de la postura.

No se trata de la experiencia y de hecho, en muchos casos, tampoco de la confianza en uno mismo.

No se trata de si me cae bien el que me dirige, ni de si hay suficiente aire en la “pecera” donde me metí a grabar.

No se trata del micrófono, ni del preamp, no se trata de si puse las manos arriba o abajo, de la bendita dicción, de la fluidez, de las instrucciones en el casting, de las pausas ni de si está bien escrito el texto…

Se trata de transmitir el disfrute, el goce de lo que se hace, el júbilo de estar ahí, presente, sintiendo, apasionándose por lo que se está haciendo en ese preciso instante.

Es como cuando uno baila solo en la casa y canta a grito herido cuando nadie lo escucha… Bueno, no sé qué diga mi vecino al respecto… Pero es una sensación de juego, de exploración, de conocerse a uno mismo y sentirse cómodo en la piel en que uno se mete.

Un viaje hacia la creación de personajes que surgen de un delicioso permiso de exploración que le permite a uno ser. ¡Un sentir profundo! ¡Uno! ¡Particularmente uno!

Personajes que sienten, lloran, ríen, crecen… ¡Ah! Y por cierto, ¡hablan también! a partir de ese potencial o materia prima que nos hace humanos.

Agradezco a la vida la oportunidad de poder escuchar el alma de todos a través de sus voces.

Agradezco la capacidad de recrearme una y otra vez en sus melodías.

¡Amo mi trabajo y acabo de recordarlo!

Definitivamente, en el camino del Voice Over, no hay nada más alentador, que la posibilidad de compartir sinceramente, con otros seres humanos, en el oficio de la creación de tonos coloridos, expresados en la sinfonía de la vida.