Hace años entré a la ACL. Pagué y pasó el tiempo. Realmente no cambió mi vida en absoluto. Me pregunté, ¿cuál es el propósito de pagar una membresía y dejar así? Dejé de pagar y me fui un poco indignada.

Pasaron los años y comencé a darme cuenta que en Estados Unidos la gente de mi gremio tenía una especie de red en la cual se daban la mano entre todos, se daban información de sitios dónde poner sus demos, se decían: no trabajes con este cliente que a mí no me pagó, se escuchaban los demos entre ellos y se daban consejos, hablaban de tarifas, de micrófonos y de tecnología.

Se conseguían trabajos entre todos, hacían colectas para ayudar a los más necesitados. Creaban grupos de entrenamiento, programas en internet y convenciones donde generosamente compartían lo mejor de cada uno. Generaban una especie de confianza para saber cómo actuar en las situaciones difíciles y se apoyaban en temas legales, tributarios y bueno, en todo tipo de asuntos relacionados con exaltar la profesión.

También pasó que, en Colombia, después de muchos años empezaron a nacer clientes “chiquitos” con los típicos presupuestos tipo “¡ay ayúdeme!” y nosotros como locutores complacientes dijimos “si, yo te ayudo”.

Y “ayudamos” a muchos hasta que los buenos clientes empezaron a quedarse sin trabajo porque las “ayudas” se volvieron el standard del mercado. Por lo que, nos encontramos en una encrucijada porque ya quienes nos ayudaban ya no podían hacerlo y tuvimos que buscar maneras de mantenernos a flote.

Un poco desesperanzada, me puse a pensar: ¿Qué podríamos hacer? La única respuesta clara para mí fue que sola, no iba a lograr absolutamente nada.

Así que después de mucho pensarlo dije: admito que necesito de mis colegas (que, por cierto, ya también se han convertido en clientes).

Y,poco a poco comenzamos a conversar. Creamos un grupo que comenzó por un “combo de viejas” que trabajan activamente en locución. Y de a poquito, nos juntamos con otros locutores, y de café en café, nos fuimos dando cuenta de que si trabajábamos unidos, era mucho lo que podíamos hacer.

“Pedí cacao” y la ACL me abrió las puertas. Me dijo: esta es tu casa, pero si quieres lograr algo, debes trabajar por ti misma. Y ahí comenzamos.

Un par de lindos colegas se habían abanderado de la página y nuestro presidente se dedicó a solucionar chicharrones gubernamentales. Yo me arremangué los pantalones y me metí de cabeza a formar equipos. Y nació el comité de tarifas. Y después de un arduo trabajo definimos un estándar aterrizado de tarifas para la industria, donde tuviéramos en cuenta el desafío de los nuevos medios; en especial el rollo de internet. No son las tarifas perfectas pero están abiertas a ser dinámicas y transformarse según las necesidades del mercado. Lo importante es que son un referente y buscan una cosa: igualdad de oportunidades para todos.

Creamos un blog donde un talentoso locutor paisa nos resolvió un montón de dudas técnicas sobre micrófonos ya que otro compañero de la asociación quería comprar micrófono.

Al colega de la página se le ocurrió una idea preciosa sobre el correcto manejo del lenguaje con el profesor Cleóbulo y empezamos a mover la rueda. Y brotaron ideas de talleres, creación de marca (los locutores colombianos somos fantásticos!), el directorio de talentos y una muy importante: alguien que nos apoye cuando abusan de nosotros (ya somos varios los que hemos hecho algún trabajo y no nos han pagado).

Ideas y más ideas están en el aire. Faltan manos y recursos. Los que estamos, estamos comprometidos con crear una Red que nos sirva a todos y genere un standard para la industria con igualdad de oportunidades y condiciones justas para todos. Al final, trabajo sí hay. Las condiciones son las que tenemos que mejorar. Pero sólo unidos podemos lograrlo.

Realmente está en nuestras manos cambiar el curso de la historia poniendo cada uno su granito de arena.

Es el momento de las economías colaborativas, de las redes y tejidos, de la construcción colectiva por encima de la individual. No por “moda”, sino porque ya nos dimos cuenta de la inmensa necesidad de darnos la mano.

Vuelvo a una frase cliché pero definitivamente creo que aplica muy bien ahora:

“Unidos, podemos más”