¿Pero cómo es esto de que ser “locutor” es muy difícil?
¿De dónde sale qué hay que estudiar “locución” toda una vida?
¿Acaso no se trata de leer bien y tener buena voz?

 

Mi primer crédito hipotecario tuvo muchas preguntas antes de ser otorgado. Nunca olvidaré la cara del asesor cuando le expliqué que me dedicaba a grabar textos de 15 o 30 segundos para publicidad.
Él me miró a los ojos y me dijo: ¿y el resto del día qué hace? ¿A qué más de dedica?

Yo le respondí: es mi trabajo de tiempo completo. Todos los días grabo y hago locución.

El hombre se rascó la cabeza mientras con un gesto me daba a entender que eso no era un trabajo que podía sustentar un crédito.

También recuerdo cuando empecé a grabar y trabajar en locución mientras “encontraba un empleo de verdad”. Mi ex solía decir que ese no era un trabajo. Era demasiado “fácil”, pararse a leer textos cortos.

Pasaron los años y sufrí de agotamiento crónico. Muchos me preguntaban, qué podía haber drenado mi energía de esa manera. Yo les decía: señores, “locutar” (que hoy lo traduzco como “actuar la voz”) es muy diferente a hablar. Es un arte y consume una parte importante de la energía vital de un ser humano.

¿Pero, por qué? Se preguntan los que nos ven entrar y salir en segundos de cabinas de grabación.

Porque para locutar, no se habla, se ponen los 5 sentidos en hacer sentir, con el agravante de que, a diferencia de los actores que salen en cámara, los locutores tenemos que transmitir las más profundas emociones usando sólo el sentido de la escucha. Y claro, sin mayor preparación previa, sin saber siquiera qué es lo que vamos a decir. Pura “improvisación”.

Nosotros tenemos la gran responsabilidad de conectarnos con la situación descrita a grandes rasgos, con palabras escuetas en muchos casos; para conectar al “otro” con su oído.

No sólo se trata de llamar su atención sino, también lograr que crea que la voz que escucha no es ajena, es la propia.

Algo así como la voz interna de una experiencia que parece tan real y sentida que lo conmueve: porque de eso se trata la locución, generar acciones que mueven a partir de emociones profundamente arraigadas o enquistadas en el sistema límbico de quien las escucha.

Es muy poderoso el sonido. No en vano se dice que “el verbo se hizo carne”. Algo así como que el sonido logra la materialización… pero esta no es cualquier materialización. Es una perfectamente diseñada para generar vivencias donde el yo y el tú no se diferencien y si, generen ACCIONES.

Hace muchos años, en locución se trataba de decir textos que sonaran “bonito”.
Ahora hay un cambio de paradigma. El actor no sólo debe saber leer, respirar, “musicalizar” el lenguaje, interpretar, sino, también pintar un fascinante paisaje emocional, sin llegar a la caricatura. Eso, sin nada de preparación. Es absolutamente espontáneo, fugaz y perfectamente modulado para que no entre en déficit o exceso, según una medida promedio del colectivo. Ni siquiera individual.

Ya el “feliz” no sólo se logra con levantar las comisuras de la boca. Ahora se deben evocar momentos de profunda emoción para el artista, donde, sin importar la musa, el oyente SIENTA esa alegría como propia y sus sensores de “verdad”, no se enciendan ante cualquier tipo de desconcentración o distanciamiento del SENTIDO del texto.
Por eso ya no pensamos en cómo vamos a decir algo. Lo vivimos con todos los SENTIDOS, con el cuerpo en su totalidad, tomándolo como experiencias PROPIAS.

Ya no podemos simplemente leer unas frases. Ya nos esforzamos para vivenciar con absoluta confianza, experiencias coloridas y auténticas. Nos transportamos hacia un paisaje emocional lleno de matices para evitar la monotonía. Pero no paisajes fabricados artificialmente, sino más bien autóctonos, únicos, espontáneos.

Por eso tal vez me río cuando me piden “una toma igualita”. El momento en que sale el aire de mi boca, es absolutamente irrepetible porque en cada instante estoy entregada al presente desde el sentir. Y ese presente está en movimiento, cambia, como cambian todas las células del ser humano en el transcurrir de la vida.

Siento lo que digo, cómo lo digo, dónde estoy, quién me escucha, qué está pasando a mi alrededor, cómo están mis reservas de aire y energía, proceso lo que leo, estudio cuáles son los motivos para expresarme, qué quiero lograr, qué gatillo aprieto según la inspiración del momento, recreo imágenes que me generen una inmersión emocional; pero además, dejo que la experiencia se recree dentro y se apodere de mi voz. No soy yo controlándola, es ella haciéndose presente a través de mi cuerpo. Y he aprendido a rendirme y permitírselo mientras la disfruto, así me saque lágrimas de dolor.

Es realmente único porque aprendí a vivir lo que digo y cualquier desconexión de ese instante presente, me saca del momento de “verdad”.

Lo vivo imaginariamente pero no economizo energía al momento de transmitir. Toda mi alma, mi ser, mi esencia, se entregan por completo a esa experiencia detrás de un texto que otro me invitó a vivir.

Realmente es sublime poderse entregar tan apasionadamente a lalocución, este oficio tan sutil e impredecible.

No hay fórmulas, no hay atajos. Es un camino que devela la verdad del individuo. Y en eso no se escatima. Así es como se conmueve. Con la tripa, el corazón y la cabeza en el mismo lugar: viviendo la experiencia y expresándola con el poder del sonido: propio, único, genuino, fascinante, creativo, diverso, juguetón, colorido.

Para ser locutor y trabajar en locución, se necesita mucha concentración para escucharse por dentro, escuchar las voces internas, escuchar la sinfonía de las emociones a través de la garganta.
Se necesita:

  • Escucharse continuamente y evaluar la calidad de las experiencias que pasan por la consciencia.
  • Escuchar la vida misma y el instrumento interpretándola en total afinación.

Se emiten sonidos y gestos, pero el centro está en el arte de la escucha.

Es un presente lleno de sorpresas. De lo contrario no hay verdad. La verdad no se prepara, no se escribe ni se conoce con antelación. Se siente y vive y se deja evidenciar. Requiere pasar por encima de los filtros, juicios y creencias propias.

Requiere de improvisación, creatividad e inocencia, pero sobretodo, de una capacidad innata de exteriorizar una vivencia.

Señores, los locutores somos ACTORES, pero no venimos a actuar, venimos a vivir la capacidad de crear experiencias que despierten los sensores que evocan todos y cada uno de los sentidos.

Somos nosotros los encargados de la gasolina emocional que sostiene la presencia del “otro” en mi historia, sin que ese “otro” se dé cuenta de si es su propia vivencia o una recreada a partir de mi absoluta presencia en el instante que está transcurriendo.

Suena bastante poético, pero es lo más cercano a lo que debo vivir para que el otro viva conmigo, usando únicamente mi voz y claro, ese par de oídos maravillosos que me enseñan a expresar desde la propia escucha interior.

Ahora, ¿que me demore 5 o 10 minutos para llegar ahí? Depende de mi grado de conexión con con mi interior en ese momento. Es un entrenamiento constante para ser atleta de las emociones y aprender a evocar el sentir sin ponerle trabas o muros que me protejan de exponer mi “vulnerabilidad”.

Ah y además aprender a, en segundos, enajenarme de “mi pequeña identidad” y apropiarme del personaje que se expresa dentro del contexto planteado por quien escribió el guión o el director.

¿Fácil? Jajaja jamás.
Apasionante, hasta el día de mi muerte.

Todos los días agradezco ser un TALENTO de voz, porque más que expresarme, me enseña a dejar que la vida se exprese a través de mi.

 

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